Tiempo de vivir
Daniela Kaplan
Agradezco la invitación a participar de estas jornadas. Entiendo que la misma surgió ante lo que el caso que traje hace unos meses para compartir con la gente de “Trazo” generó. A propósito, he de decirles que me sentí muy cómoda, cosa que no siempre sucede, y que el “tiempo” pasó volando. Me señalaron que mi trabajo abordaba esta temática, la del tiempo. Esto me puso a trabajar. Primero, a desentrañar en mi propia producción esta dimensión, luego a intentar conceptualizar algunas cosas que son las que hoy quiero compartir con Uds. La convocatoria de las jornadas, “Tiempo y estructura” me llevó a pensar en ambos conceptos.
Si bien el tiempo no es un concepto psicoanalítico, solemos encontrarnos en los desarrollos tanto de Freud como de Lacan con formulaciones en las que el tiempo nos interroga. Entre ellas: El tiempo de la constitución subjetiva, la sexualidad en dos tiempos, el tiempo del trauma, el tiempo de la sesión, el segundo “tempo” de la fobia, el “tiempo necesario”, la “falta de tiempo”, el “tiempo (momento) de intervenir. Estos referentes, conjuntamente con la clínica, me llevaron a pensar la importancia de estos conceptos cuándo de psicoanálisis se trata. Quiero aclarar que cuando digo psicoanálisis me refiero a una posición desde la que uno escucha y lee lo que en la situación clínica se produce, más allá de las paredes del consultorio.
Intentaré, a partir de una viñeta clínica, sustentar mi hipótesis respecto a la suspensión que se produce en las situaciones hospitalarias del transcurso del tiempo y las posibles huellas de las mismas en la constitución de la subjetividad. Marcas posibles en tanto hablamos de irrupciones de enfermedad en niños donde el aparato está en constitución. Pero, precisamente por tratarse de subjetividades en estructuración, oportunidad de contribuir a un armado, atendiendo a lo que Freud, en el “Proyecto de una psicología para neurólogos” llama asistencia ajena.
El diccionario define la palabra vida como el espacio de tiempo que transcurre desde el nacimiento de un animal o un vegetal hasta su muerte.
Sin embargo, hay una historia del tiempo, de la manera como apreciamos su transcurso.
Esta percepción varía y se altera en la propia vida de la persona. El tiempo se experimenta de un modo en la infancia y de otro en la adultez, cuando parece que pasa más rápido. ¿Quién no recuerda los largos veranos de la infancia que se extendían más allá de los límites propios de la cronología?
Ya la filosofía griega, propensa a la reflexión sobre los más variados asuntos, abordó la temática del tiempo. De todos los filósofos griegos es, sin duda, Aristóteles el que nos ha legado la doctrina más sólida sobre el tiempo. La visión aristotélica del tiempo está estrechamente vinculada al movimiento, ya que, en su opinión, el tiempo no es posible sin acontecimientos, sin seres en movimiento. De ahí que conciba el tiempo como el movimiento continuo de las cosas, susceptible de ser medido por el entendimiento. Conceptos como "antes" y "después", sin los cuales no habría ningún tiempo, se hallan incluidos en la sucesión temporal. Esta estrecha vinculación induce a Aristóteles a definir el tiempo en su Física en los siguientes términos: " la medida del movimiento respecto a lo anterior y lo posterior". Esta definición nos revela que el tiempo no es el movimiento, pero lo implica de tal suerte que si no tuviéramos conciencia del cambio, no sabríamos que el tiempo transcurre. El tiempo aristotélico es exterior al movimiento, pero supone un mundo que dura sucesivamente y esta duración sucesiva nos permite establecer relaciones de medida entre sus partes según un "antes" y un "después". Esta discontinuidad tiene una relación determinada con el hecho de ser mortal. Solo para quien se siente mortal el tiempo tiene algún sentido, y solo quien habla, quien está afectado por el lenguaje se siente mortal. Heidegger decía que “sólo el hombre muere”, los animales perecen. El tiempo es un producto simbólico, del lenguaje, íntimamente vinculado al hecho de sabernos mortales.
La realidad del tiempo es una realidad plenamente subjetiva, que depende de factores psíquicos. Kant decía que tiempo y espacio son previos a la experiencia subjetiva. Freud dirá que en lugar del a- priori Kanteano, hay que situar las condiciones de nuestro aparato psíquico, del inconsciente. Lo que determina nuestra percepción, nuestra subjetividad, este espacio-tiempo, esta dada por las condiciones del mismo, por las leyes simbólicas que organizan la vida, los recuerdos, experiencias, sueños y síntomas de cada cuál.
Para Freud el inconciente está fuera del tiempo cronológico. Se trata de otro tiempo, un tiempo no lineal, que implica una discontinuidad en la supuesta continuidad de la cronología. Un tiempo retroactivo, nachträglich, dirá Freud en el “manuscrito K”, cuando ubica el displacer nuevo, incluso más intenso, que pueden producir ciertas representaciones aún siendo recuerdos, es decir, habiéndose producido en otro tiempo. Los sueños, los lapsus, las formaciones del inconsciente se presentan siempre como una interrupción, un efecto a destiempo.
Podemos ubicar un tiempo inherente al trabajo del inconciente según las leyes de los desplazamientos y condensaciones (leyes del proceso primario), de este modo un acontecimiento se relaciona con otro, más allá de su relación cronológica. Otro tiempo será el de los relatos que aparecen como ficción en los diferentes fantasmas imaginarios
Lacan formalizará un tiempo propio de todo acto psíquico, tiempo lógico. Lo resume en tres tiempos:
1-El instante de la mirada, instancia de tiempo, dirá, (“El tiempo lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”) que cava el intervalo para que lo dado en la prótasis,(primera parte del poema dramático, primera parte del período en que queda pendiente el sentido, que se completa o cierra en la apódosis) se mude en el dato de la apódosis (explicación, retribución del sentido que queda pendiente en la prótasis).
2-Tiempo para comprender (tiempo de elaborar algún sentido de aquello que se presenta como trauma)
3-Momento de concluir. Es el tiempo del inconsciente, de la palabra y del lenguaje, el tiempo interno de la significación, independiente del tiempo cronológico. Es el tiempo de la frase que obtiene su significación una vez que le ponemos un punto y producimos retroactivamente esta significación.
El tiempo del lenguaje es el de la frase, un tiempo que sigue la lógica de los tres tiempos propuesto por Lacan: mirar, comprender, concluir. El lenguaje es así, uno empieza una frase y cabe acabarla. Todo consiste en como acaba cada cual su frase y produce una u otra significación en el tiempo del lenguaje.
El tiempo es entonces, en primer lugar, una experiencia subjetiva organizada por símbolos. Símbolos que se introducen, básicamente, a partir de la asistencia ajena que genera la primera vivencia de satisfacción. Freud define a la misma diciendo “El organismo humano es en un principio incapaz de llevar a cabo esta acción específica, realizándola por medio de la asistencia ajena, al llamar la atención de una persona experimentada sobre el estado en que se encuentra el niño, mediante la conducción de la descarga por vía de la alteración interna (por ejemplo mediante el llanto del niño). Esta vía de descarga adquiere así la importantísima función secundaria de la comprensión (comunicación con el prójimo) y de la indefensión original del ser humano, conviertese así en la fuente primordial de todas las motivaciones morales” Continúa explicando que, al atraer la función de alguna persona auxiliar hacia el estado de necesidad en que se encuentra el niño, esta quedará incluida en la acción específica. Vemos la relación de dependencia del niño de la asistencia ajena, la necesidad biológica es reemplazada por la de otro auxiliar, semejante, Nebenmensch. Es el otro el que constituye y reconoce al niño en plena posición de objeto de asistencia de este otro, así se inaugura el circuito de la demanda, en el llamado al otro en la emergencia de la vida inaugurándose la experiencia de satisfacción. Cuando el Yo desea, recatectiza el recuerdo del objeto y pone en funcionamiento el proceso de descarga, no pudiendo alcanzar la satisfacción porque el objeto no existe en la realidad, sólo como una representación de la fantasía. Se crea así la realidad como realidad psíquica.
Cuando las experiencias ocurren, se producen como dolor o satisfacción, y, dice Freud, dependen de la primera experiencia de satisfacción.
En el “Manuscrito L”, de 1897, Freud alude al trauma y dice: “las fantasías son unos parapetos psíquicos edificados para bloquear el acceso a esos recuerdos. Al mismo tiempo las fantasías sirven a la tendencia a refinar los recuerdos, de sublimarlos. Son establecidas por medio de cosas que fueron oídas y se valorizan con posterioridad, y así combinan lo vivenciado y lo oído, lo pasado (de la historia de los padres y antepasados) con lo visto por uno mismo. Ellas son a lo oído como los sueños son a lo visto. En el sueño no se oye nada, sino se ve” En “Moisés y la religión monoteísta” Freud llama trauma a las impresiones de temprana vivencia olvidadas luego, a las cuales se les atribuye significatividad en la etiología de las neurosis. Impresión es marca, huella, inscripción de la impronta del Otro. De esto se desprende que la génesis de una neurosis se remonta siempre a impresiones vividas tempranas de las cuales el niño es objeto, y que estas impresiones, si generan neurosis, se han sustraído a una tramitación normal. Una vivencia cobrará valor traumático sólo a partir de su valor cuantitativo, al exceso de cantidad.
Estos traumas de carácter etiológico, responden a la primera infancia, y tienen particular interés en el momento en que se inicia la capacidad del lenguaje. En la “Carta 46”, Freud sitúa las escenas sexuales de la histeria que corresponden al primer período de la infancia (4 años), cuando falta a los restos mnémicos su traducción a representaciones –palabra., a imágenes verbales.
Se refiere a impresiones de naturaleza sexual y agresiva. Los traumas son entonces, vivencias en el cuerpo propio, o bien, percepciones sensoriales de lo visto y lo oído Lo que los niños han vivenciado a los dos años no pueden recordarlo nunca salvo en sueños, sólo el análisis puede hacerlo asequible, pero irrumpe a posteriori, en odios y antipatías, como resto en la constitución del carácter y hasta en la elección amorosa. Las impresiones de estos traumas tempranos producen efectos desde el ello. Es aquí donde Freud introduce el valor de la estructura. Según el diccionario de la “Real academia española”, estructura es la distribución y orden con que está compuesta una obra de ingenio, como un poema, una historia, etcétera. Lacan dirá que la misma es discursiva, efecto del discurso en la determinación del sujeto.
La constitución de una neurosis estaría determinada por una elevada demanda pulsional que exige satisfacción generada por la vivencia. El Yo se rehúsa a esta satisfacción, sea porque la magnitud de la demanda lo paraliza o porque descifra en ella el peligro con la consiguiente aparición de la angustia. La moción pulsional es inhibida y olvidada junto con percepciones y representaciones, dejando una cicatriz en la formación del carácter y retornando en la repetición, en el mejor de los casos. A veces las reacciones de defensa, los diques, de “Tres ensayos” controlan no permitiendo que nada se repita y esto se manifiesta en la rigidez del carácter, en las formaciones reactivas que lo constituyen.
Trabajando con niños, es ineludible no ocuparnos de la realidad del mismo con sus padres, si el trabajo es con la estructura, con el conjunto de elementos covariantes, al decir de Lacan. Con lo que se evidencia de lo familiar en el trabajo con el niño.
El sujeto de nuestro tiempo vive con una exigencia, una demanda de satisfacción inmediata, como si el tiempo y espacio necesarios para las palabras, para los símbolos que permiten construir sobre el vacío, fuesen imposibles de tolerar y este último hubiese de “taponarse” rápidamente. Como analistas estamos habituados a escuchar demandas de estas características: Quiero solucionarlo rápidamente, ¿no habrá alguna cosa?”, y esto que quiere arreglar rápidamente puede ser una pesadilla que se repite hace años, una relación de sometimiento de larga data, o la tristeza por saberse trasmisor de una enfermedad incurable. El tiempo del normal devenir de la neurosis de la infancia de los hijos, con sus avatares y fobias incluidas, necesario para la constitución subjetiva, es poco tolerado. La ilusión de hijos “ready made”, (en el sentido que Marcel Duchamp le dio de obra acabada, “de lo ya hecho u "objeto encontrado".) y a medida de las expectativas de los padres convierte en motivo de consulta, en el mejor de los casos, situaciones propias del acontecer de la neurosis de la infancia.
En medicina, la urgencia del organismo exige, no pocas veces, la satisfacción inmediata. Una acción que reconduzca al organismo al equilibrio necesario, equilibrio homeostático, salud como silencio de los órganos, cómo la definía un célebre cirujano, Leriche, allá por 1930. Intentar introducir el tiempo de la palabra, del lenguaje, el tiempo particular de cada sujeto, no siempre es posible. Una preparación para una cirugía, es factible ante lo que se puede prever y anticipar, pero algo excede, no es apresable por las palabras. Lo Real irrumpe, con violencia. Lo imposible de simbolizar, lo inefable, vuelve cómo trauma. “Lo que no cesa de no inscribirse”, dirá Lacan. (Seminario XXI (Los no incautos yerran (1973-1974). El recurso a lo simbólico, la palabra apaciguadora, ordenadora de un antes y un después, tambalea.
En el ámbito hospitalario, trabajando junto a médicos, la demanda de estos es respecto a sus pacientes y, al tratarse de niños, de los padres de estos, de la aceptación de los mismos de cuestiones tales como una internación, una cirugía, la pérdida definitiva de una función. Aceptación que no pocas veces se plantea cómo inminente, apremiante, urgente. Inminente es también sinónimo de amenazador y de inaplazable. El aparato se ve obligado a dominar un estímulo que penetra violentamente, estímulo del orden de lo traumático. Para esto el tiempo es necesario, sin embargo los procedimientos médicos no siempre pueden esperar. Es, a veces, imperioso actuar aún sin que la persona pueda “comprender”, sin que pueda elaborar algún sentido de aquello que se presenta como trauma. Esta imposibilidad de comprender puede estar determinada por una premura que la realidad impone, un acontecimiento, (Silvia Amigo dice en “Clínicas del cuerpo”, que la dimensión Real del tiempo es la del acontecimiento, que marca un antes y un después en cuyo intervalo se opera un corte no trivial. El tiempo simbólico es el de la anticipación y la retroacción y el imaginario es el cronológico) un real que irrumpe, enfermedad y muerte que acechan. Efecto de alargamiento, imposibilidad de llegar al tiempo de concluir. Momento de actuar para luego cercar con palabras, trenzar, velar. ¿Qué otra cosa sino e la elaboración de un duelo?
La interpretación psicoanalítica, tal como Lacan la entendía, es la interpretación como una puntuación de la frase del sujeto, reescritura a través de un viaje por las palabras que la constituyen para poder modificar así su sentido. Se trata de encontrar el “kayros” Aristotélico, momento oportuno de cada uno, momento justo, los pitagóricos le llamaban Oportunidad. La irrupción de la enfermedad y la muerte, los diagnósticos infortunados, la interrupción del normal devenir de la vida, sobre todo si de niños se trata, nunca son oportunos. Pero Kayros es también el tiempo en potencia, tiempo atemporal o eterno, y el tiempo es la duración de un movimiento, una creación.
Creación frente a lo inenarrable, a lo imposible de comprender. Tiempo de creación por parte del analista, armado de un velo frente al horror y tiempo de apelar a las posibilidades subjetivas, a fin de que no se produzca, siguiendo a Winnicott, “una destrucción total de la capacidad de un individuo humano para un vivir creador”. El psicoanálisis abre así un espacio entre el imperativo de la satisfacción inmediata y la satisfacción efímera introduciendo el tiempo simbólico de la palabra, el tiempo para comprender cuál es el deseo particular de cada uno más allá de los objetos propuestos para silenciar su demanda. Aún en situaciones que entiendo como límites, donde lo real se impone, donde la posibilidad de un entramado simbólico se ve permanentemente amenazada, la apuesta al psicoanálisis es posible. Y digo apuesta, jugada, que incluye la posibilidad de que no se produzca, que el juego no sea posible, que la ficción que este implica no pueda armarse por la fuerza de lo real de la enfermedad y el dolor. Como jugadores, hemos de saber retirarnos a tiempo, virtud de cálculo Aristotélica que cómo analistas no hemos de olvidar.
Me interesa situar, a partir de un recorte clínico en una contexto de internación hospitalaria, las posibles intervenciones que inauguran o relanzan un tiempo que se resignificará, produciendo o no efectos. Recorte también de un tiempo de la estructuración subjetiva, de la construcción de un cuerpo
Conozco a Melanie en una sala de internación a donde fue trasladada desde la terapia intensiva. Sus tres años de edad cronológica parecen escasos para lo vivido. Varias internaciones en terapia intensiva, traqueotomía y un diagnóstico incierto la acompañan.
“No habla”, me dicen los médicos, “Sospechamos un retraso madurativo, neurología la está estudiando”.
Una mirada “aterrada” me recibe. Una boca cerrada con fuerza, de donde nada sale pero a donde nada puede entrar. No responde a mis preguntas pero esta atenta a las mismas. El bebé de la cama de al lado llora. Lo señala con desesperación. La madre, enojada, refiere que no pudieron dormir en toda la noche por sus llantos. “Encima la mamá lo deja sólo y se va, le tapa la boca con una cinta para que se calle y lo deja”
Escena que remite a una situación habitual en la terapia intensiva: Bebés que lloran, otros que escuchan, falta de palabras que expliquen. Rostros desconocidos y anónimos que asisten mecánicamente. Niños más solos que lo que algunos padres querrían, silenciados por calmantes, tubos y cintas. Cuerpos que se ofrecen sin velos.
Freud, en la conferencia número 32, “Angustia y vida pulsional dice. “La soledad, así como el rostro ajeno, despiertan la añoranza de la madre familiar; el niño no puede gobernar esta excitación libidinosa, no puede mantenerla en suspenso, sino que la muda en angustia. Por tanto, esta angustia infantil no debe imputarse a la angustia realista, sino a la neurótica”
Me dirijo a Melanie, le digo que seguramente oyó a muchos nenes llorar, que eso la puso triste, que muchas veces vio y escuchó cosas que no entendía, que seguramente quiso llamar a su mamá y no pudo, porque “tenía un tubo en la boca”.
Melanie me mira con una expresión diferente, parece menos asustada.
Le hablo a su muñeca, le pregunto el nombre, invento formas de llamarla. Melanie ríe.
Al día siguiente me llama al verme llegar, habla.
Un quantum de afecto sin representación y la apuesta es producir un intervalo, una espera frente a lo traumático. Al poner en palabras algo se inscribe, se funda lo reprimido y al mismo tiempo que se registra, se deshace, al modo, entiendo, de la interpretación eficaz.
Mis intervenciones se producen en presencia de la madre y van también a ella dirigidas. Intento de reubicarla en la posibilidad de alojar a su hija, lugar del que lo traumático de la situación la hizo tambalear. La vuelta del Otro hacia la niña, la palabra que le permitiría entrar en el juego del lenguaje (Wittgestein), se vio suspendida. Introducirla y habilitar a la madre para que lo haga, contribuiría a que las cosas se relativicen.
Para que se arme el cuerpo imaginario, deben estar los significantes en la estructura, para que el cuerpo se constituya no es sin el cuerpo simbólico, sobre el que se monta el cuerpo significante, esto requiere tiempo, tiempo de ser hablado para hablar.
Cuando me encuentro nuevamente con la niña y su madre, la situación clínica es otra. Melanie está contenta, habla, ríe y me señala a los niños de otras camas diciendo “bebé”. Me muestra en el celular de su madre fotos de su padre y sus hermanos y de ella misma jugando en una pileta. Me enseña un cartel que su padre pegó junto a su cama en el que pide a los profesionales que se laven las manos antes de tocar a Melanie, refiere que “ella estará eternamente agradecida” de poder curarse e irse pronto del hospital.
Su madre intenta darle su medicación, pero ella se resiste. Un juego que consiste en colocarle sobre su boca una rosca de plástico y en el agujero introducir la jeringa con la medicación le divierte, y lo repite pidiendo a su madre que le llene las jeringas con agua. Ahora sí la boca se llena pero no se tapona, algo entra y sale y es Melanie quien lo decide.
La oferta genera demanda y tanto Melanie como su madre piden que las visite cuando son trasladadas de unidad, será a descifrar que se esconde tras este pedido, quizás es un llamado a Otro que hospede una pregunta aún por realizarse.
Días después, su cama está vacía. El alta fue antes de lo planeado. Un llamado me sorprende en un pasillo del hospital, alguien me nombra, una vos que se escucha cuando Melanie me llama.
Hasta aquí el recorte clínico.
Si la estructura del sujeto es un advenir donde pueden y suelen ocurrir fallos de escritura que se dejan ver en la clínica, si la estructura no “entra o no entra” de un solo golpe, en forma sincrónica, situaciones como estas, que nos permiten, creo, intervenciones en la inmediatez de lo traumático, son momentos privilegiados; oportunidad de asistir a la producción de una neurosis actual y a la huella que esta deja en la estructuración subjetiva.
Melanie tiene 3 años, siguiendo a Freud en la “Carta 46”, la situación que atraviesa es una marca temprana en la constitución del sujeto. Tenemos la fortuna del encuentro que nos permite intentar hacer devenir lo no traducido en representación. El juego encuentra una manera de traducción de lo no trascripto. Sería una apuesta a que la experiencia no discursiva, que pasó directamente al cuerpo, a sus funciones, se haga discurso.
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